Ya hace casi dos semanas que volví de mi viaje a Dublín y todavía no os he contado nada, pero ya sabéis que las croncas llevan su tiempo y que las vacaciones no se ocupan con estas tonteridas; pero venga, va, me armaré de valor y le dedicaré un ratito a contaros, más que nada para que veáis lo potter que estaba el bross en el día de su inauguración graduación.
Como la comunicación aérea directa entre Vigo y Dublín es algo impensable (debe estar fatal el firme del espacio aéreo que nos separa o algo, porque si no, no lo entiendo), hicimos escala en Madrid y nos quedamos a dormir con la Lois que, por fin, ya tiene un piso en condiciones, con su microondas antimadres de 600 botones, su lavavajillas y su humidificador. También aprovechamos para ver a unas viejas amigas e ir a cenar a nuestro restorán-fusión-barato-favorito: el Jazmín.

Al día siguiente, madrugón para coger el vuelo a Dublín, a donde llegamos a eso de las 12 de la mañana, y donde ya nos estaba esperando el bross en el aeropuerto, yo creo que por miedo a que hiciéramos el paleto más de lo permitido.
Como en Dublín ya habíamos estado, no teníamos necesidad ninguna de callejear, ver monumentos ni nada que conllevase un esfuerzo de ese tipo, así que nos fuimos directamén a ver el nuevo piso del bross, al que se había mudado hacía sólo una semana, y que, no nos vamos a engañar, está muy bien, pero seguramén esté mucho mejor el Hilton, situado justo enfrente.

Como novedades increíbles con respecto al viaje anterior, aparte del alojamién, cambiamos el autobús por el Luas (es lo que tiene vivir en la city), el Penneys por el Tkmaxx (mucho más de marcas y también de remexer) y las visitas turísticas por las visitas a pubs, en la mayoría de los cuales había conciertos y actuaciones en directo; de hecho, nos perdimos a Lady Gaga, a La Roux y a Whitney Houston, pero vimos a los Milladoiro de allí, a los Misquious de allí y a un señor un poco pesado que debía ser muy fan de m80 y los éxitos encadenados de allí.
Pero si hay algo que no cambia, eso son las lonas que se agarra la peña por allá. Sobre todo las lonas de las chicas woooo!, que hay muchas. De hecho, vimos a dos pandillas de woooos! que casi se pegan en un pub porque una empujó a otra en la puerta del baño o algo así y que consiguieron que todo el mundo estuviese más pendiente de ellas que del propio concierto. Woooenísimo!

En las fotos, el Mezz, local donde, según me contaron, pasaron gran parte de su estancia dublinesa las hermanas Cortés, el bar rojo de todas las postales y un baño marca Valadares que sirve para demostrarnos que, a pesar de no tener comunicación aérea, hay otras cosas que nos unen. Y mucho.
Y hablando de baños, me parece fatal que en todos los de los locales nocturnos haya un negro que te ofrezca gomina, desodorante, mil colonias y hasta te pase el papel para que te seques las manos a cambio de una propina que, porsupués, yo nunca di. Vamos hombre, aún encima de hacerte sentir incomodísimo mientras te miran cómo meas!! Y eso de que en los centros comerciales tengas que pagar 20 céntimos por entrar al baño tampoco me parece del todo normal. Con lo que me cuesta a mí cagar cuando estoy de viaje!!! Aunque yo me sé de unos que, si llegan a saber el pastelón que dejé allí, en lugar de 20 céntimos me cobran 5 euros. 
Pero el momentazo y el motivo del viaje no era otro que la inauguración graduación del bross, así que voy a ello:
en el marco incomparable del Trinity College, entre edificios milenarios, campos de cricket y mucho, muchísimo Harry Potter (y algún que otro profesor Albus Dumbledore también), el bross se nos hizo hombre de bien. Y para celebrarlo, la excelsa universidad nos dio de comer unos sandwiches de mayonesa, unas patatillas, unos cacahuetes y unas salchichas, todo servido en platos de plástico sobre unos bancos dónde a saber cuántos culos de cuántas generaciones de universitarios se habían sentado. Finísimo, deverdá!

Por la noche teníamos pensado salir a cenar con Rucito y Marie Claire, que pasaban por allí, pero el tiempo nos amenazó con dejarnos caer una farola en la cabeza si se nos ocurría poner un pie en la calle, así que recurrimos al teléfono y al chino, cuatro horas antes de tener que coger de nuevo un taxi que nos llevase al aeropuerto a coger el avión que nos devolviese a casa, no sin antes pasar por la odisea de estar más de cinco horas plantificados en la T4 madrilenlla.
Y eso es todo lo que os puedo contar, o todo lo que me acuerdo en este momén. Y aunque no lo haya dicho, supongo que ya habréis caído en que la rapaza que aparece en gran parte de las fotos no es Elvi; es mi madre.
Publicado por ra
en pavochungo
a las
17:00
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